[243] ¿LA COSA MAS FACIL?... EQUIVOCARSE
Felipe Díaz Garibay
Retomado del texto “Así es la vida según Gandhi”
Parte 2
Columna "Una voz en el silencio", semanario "Noticias Cuarto Poder" de Sahuayo, Michoacán, México, domingo 5 de junio de 2016.
Sin temor a equivocarme, y valga la redundancia con el tema que ahora trato, hablar de la llamada “equivocación” tiene connotaciones profundas y diversas, no siempre se puede lograr el consenso en torno a definir quien tuvo la razón y la historia, por regla, se escribe siempre desde la visión de los vencedores. Hay muchos que teniendo la razón y sin haber cometido equivocación alguna pagan la factura y pasan a las páginas de la historia cargando la cruz de las culpas.
Lo cierto es que pocos tienen el valor de reconocer el efecto de sus acciones cuando se sabe que ellas llevan consigo la esencia de una profunda equivocación.
Es un tema entonces de valor y de principio.
Bien sabemos que errar es humano, sin embargo a la hora de hablar del tema es más fácil poner la vista afuera que mirarnos a nosotros mismos. ¿Cuál es la importancia de registrar nuestras equivocaciones? ¿Por qué es tan difícil aceptarlas?
Son preguntas y respuestas de un dilema que nos cuesta a todos.
Cuántas veces repasamos situaciones una y otra vez, sin poder ver en qué nos equivocamos, más allá de la herida narcisista que implica darnos cuenta que hicimos algo mal, miles de pensamientos entran en juego al momento de enfrentarnos a nuestros errores. Esa lupa que usamos para marcar las equivocaciones ajenas se vuelve bastante borrosa cuando se trata de las nuestras, y más de una vez terminamos haciendo la famosa vista gorda en lugar de detenernos a reflexionar sobre una situación que nos resultó conflictiva.
¿O no?
No podemos decir que ver nuestros errores duele, pero de lo que sí estamos seguros, es que nos genera un malestar, nos pega en el medio del ego. Esa resistencia a aceptarlos, muchas veces, es la que funciona como venda para poder revertir situaciones; hablamos de ese instante en el cual sentimos que algo no está bien, pero nos quedamos inmóviles sin poder descifrar qué es exactamente lo que nos está molestando.
Está claro que llegar a decir esta expresión implica un largo camino, a nadie le gusta enfrentarse con su lado vulnerable, y tal vez esa sea la razón, por la cual nos resulta tan difícil aceptar los errores.
La cobardía nos hace presas suyas y nos inmoviliza mental y espiritualmente haciendo a un lado nuestras más terribles debilidades.
En el fondo, hay una especie de lectura latente de que equivocarse nos vuelve débiles, chiquitos, ante un mundo perfecto que no está hecho para perder el tiempo en reparar errores. Esta visión errónea del error, valga la redundancia, muchas veces nos lleva a querer ocultarlos, como si ignorándolos pudiéramos corregir aquello que hicimos mal. Pero ello es total y absolutamente im-po-si-ble.
Los seres humanos debemos entender que asumir nuestros errores y equivocaciones e intentar sacar consecuencias positivas de ellos nos va a dar una visión más amplia de la realidad y nos va a dotar de experiencia para un futuro.
Hay personas que no son capaces de asumir la responsabilidad de sus equivocaciones. Creen que nunca comenten errores y los atribuyen a la mala suerte o a malas actuaciones por parte de los demás, conozco cientos de ellas.
Otros tienen una actitud pasiva y prefieren no tomar ninguna decisión antes de equivocarse, nunca se arriesgan, no soportan el fracaso. Suelen tener muy baja autoestima y para ellos cometer un error es algo terrible y difícil de encajar. Suelen ser personas dependientes y prefieren que otros decidan por ellos. Estas personas difícilmente van a fracasar pero igualmente tampoco van a avanzar.
Por otro lado, hay quien reacciona y actúa con seguridad y, ante las equivocaciones, pone en marcha todo lo que está a su alcance para salir adelante. Son personas luchadoras que ante cualquier error, estudian los motivos e intentan aprender y sacar experiencia de ellos.
Se trata de aceptar los errores, no como algo catastrófico, sino como una oportunidad para aprender lo que no hay que hacer en ciertas situaciones. Esto, sin duda, nos ayuda a crecer a nivel personal y a aprender de las propias experiencias.
En algún momento de nuestras vidas nos llegará el día en que habremos cometido un error grave, pero, a pesar de la vergüenza que podamos sentir, no debemos huir de la responsabilidad que esa equivocación nos impone, menos aún ponernos agresivos o defensivos cuando otros nos hagan una observación al respecto; nuestra meta deberá ser, en ese momento, tratar de reparar el daño de la forma más digna posible. Muchas personas creen que reconocer un error puede ser una señal de debilidad y que, además, puede representar la posibilidad de perder el respeto por parte de los seres queridos. Pero no es así.
Definitivamente, el admitir que nos equivocamos nos merece el aprecio y la estima de ellos, especialmente si nos ven hacer el esfuerzo para superarlo y no repetirlo. Asumir nuestros errores nos permite crecer y madurar internamente. Además, todas las equivocaciones son una oportunidad para aprender algo nuevo acerca de nosotros mismos, de los demás y de la propia vida.
Hay dos maneras simples de aprender y madurar: lo hacemos por error y acierto, reconociendo y asumiendo las consecuencias que se generan de nuestras elecciones. Si tienes hijos, la próxima vez que uno de ellos cometa un error pídele que asuma su responsabilidad sin presionarlo o castigarlo inmediatamente por la equivocación cometida; en su lugar, si te es posible, explícale las posibles consecuencias e invítale para que participe en el proceso de encontrar la solución y el medio para que no vuelva a suceder.
Pensamos, con frecuencia, que loe errores y equivocaciones son un fracaso, pero en realidad podemos verlos como una herramienta valiosa que nos permite aprender, crecer, hacer cambios y superar nuestras, a veces, insalvables limitaciones.
Nos vemos la próxima semana si la Gracia de Dios me lo permite.♦
