[239] CRISIS DE VALORES EN MEXICO
Felipe Díaz Garibay
Columna "Una voz en el silencio", semanario "Noticias Cuarto Poder" de Sahuayo, Michoacán, México, domingo 3 de abril de 2016.
No es reciente que haya escuchado yo hablar de la crisis de valores que se vive en nuestros días al interior de la sociedad mexicana, como tampoco del desinterés de instituciones como la familia o la escuela para tratar de inducir aspectos al menos paliativos a este grave problema. Desde hace mucho se empezó a notar que nuestro país empezó a entrar a los umbrales de una terrible crisis de valores tanto morales como de tipo social, amén de considerar los de tipo político.
Lo cierto del caso es que la dimensión que ahora vivimos en este sentido es verdaderamente alarmante.
Frecuentemente se hace referencia a las causas pero poco se toca el punto de las posibles soluciones. El desinterés manifiesto en este rubro toma en estos momentos niveles que bien nos hacen pensar que como no existe el interés de ningún sector por las soluciones, el problema entonces habrá de continuar a la alza con las consecuencias que todos, sin duda alguna, podemos vislumbrar.
Pero sucede que en materia de valores se distinguen dos tipos de ellos que bien inciden uno en otro de manera recíproca. Se habla, así, de loa llamados valores físicos y los valores morales en un contexto donde, los primeros, refieren a las cosas o valores materiales que hacen referencia a bienes y servicios que ponderamos para vivir con bienestar. Por su parte, los segundos, refieren a las diversas formas de emplear dichos valores físicos, ya sea de forma positiva o negativa; vienen a ser valores simbólicos y, por lo tanto, emanan del deseo del ser, de las posibilidades o potencialidades inherentes al ser humano; son valores que expresan la esencia del hombre, a la vez que la van transformando y enriqueciendo históricamente con las grandes creaciones de la cultura, la civilización, la humanización; son, en concreto, valores de la libertad, paz, igualdad, justicia, amor, racionalidad, respeto, entre otros.
Al ser nosotros, en tanto entes pensantes y actuantes, poseedores de estos valores, cada uno de nosotros, también, tenemos y profesamos diversas apreciaciones, conceptos y puntos de vista sobre la realidad.; difieren así los valores de una persona a otra trayendo como consecuencia fricciones que pueden convertirse en problemas de índole tanto social como ética, repercutiendo inevitablemente en los diferentes ámbitos de la sociedad: en lo económico, lo político, lo social y, desde luego, lo cultural.
En la actualidad, en nuestro país, como creo en otra clase de sociedades, se manifiestan gran cantidad de síntomas debido a la tensión social que vivimos; uno de estos síntomas es precisamente que el individuo se conforma con tener garantizadas la supervivencia y la seguridad a costa de cualquier cosa, pero ¿dónde quedan los valores?
Estamos ante una evidente crisis y vacío de valores caracterizada por la superficialidad, el vacío y la interiorización del hombre que le lleva a vivir de cara al exterior, aturdido entre prisas y ruidos, sin saber a dónde va y quien es. Pero no podemos sofocar ese grito angustioso e insobornable que surge dentro de nosotros y que nos pide una mayor coherencia en nuestro proceso de búsqueda de la felicidad. Ante este escenario, es preciso abrir caminos seguros y coherentes a la familia, a la escuela a la juventud y a la sociedad.
Es necesario buscar valores que den sentido a nuestras vidas.
Los jóvenes necesitan valores que den sentido a su existencia y que vayan guiando sus pasos por los caminos de la plena realización. Para ello tienen que hurgar en los entresijos de la cultura. Casi todas las culturas han aceptado los conceptos de amistad, amor, justicia, paz, solidaridad, buen entendimiento, fraternidad pero parece que se pasa de largo el hecho de que los aspectos torales de la educación nacen y se desarrollan en el hogar haciendo oídos sordos al hecho de que la familia mexicana, como institución, está hundida en la más terrible de las crisis.
Es ahí –en la familia- donde se aprende a despertar interés por la vida, a confiar en sí mismo, a creer que puede seguir adelante por los caminos del triunfo. La familia es, en su más profundo sentido, comunidad y comunicación. Es la primera comunidad de vida de amor, pero es al mismo tiempo la primera escuela del saber, del civismo y de la ciudadanía; es la primera escuela de los hijos; la familia es la sociedad creada para educar a todas y cada una de las generaciones.
Sin embargo, aun cuando tenemos claro que estamos mal y que nos enfrentamos a una época en la que se ponderan cosas que en realidad no son importantes, existe el temor de cambiar los paradigmas sobre la realidad de manera que repercuta en nuestra escala de valores porque se considera que, ello, implicaría un enorme riesgo porque existen grandes mayorías que se niegan a cambiar el sentido de sus existencias y la manera de conducirse en ellas. Cada vez es más notable la tendencia general de la sociedad hacia el consumismo, las personas valen de acuerdo con lo que tienen sin importar cómo lo hayan conseguido; es muy claro que vivimos en una sociedad demasiado egoísta y parece que no nos damos cuenta o, más bien, no queremos darnos cuenta, por ejemplo, de la enorme cantidad de personas que viven en extrema pobreza en nuestro país y en muchos otros lugares del mundo, como tampoco de la falta de solidaridad y de justicia social entre los seres humanos. Esto a la vez fomenta el individualismo que implica que cada persona se preocupe sólo por sí mismo y por tener cada vez más que los demás o más que cualquier otro.
Tener un país armonioso requiere de trabajar con las nuevas generaciones, y es aquí donde se hace presente la imperiosa necesidad de incidir en el fortalecimiento de instituciones como la familia y la escuela; es un problema mancomunado y en el proceso exigible ambas deben tomar la parte que les toca. Pero el problema parece que no habrá de tener solución pues existen padres que no están educados para ser tales como tampoco hijos que puedan cumplir con su rol; por el otro lado tenemos instituciones educativas que adolecen de todo pero, más aún, de formadores con ética y verdadera vocación.
¿De quién es entonces el problema? ¿De dónde debe partir la solución? Preguntas para rato.♦
