[232] A PROPOSITO DE PARTIDOS Y MAYORIAS ABSOLUTAS
Felipe Díaz Garibay
Columna "Una voz en el silencio", semanario "Noticias Cuarto Poder" de Sahuayo, Michoacán, México, domingo 13 de diciembre de 2015.
México es un país con una profunda vocación electoral. De entrada es preciso reconocer que nuestro pueblo, a diferencia de muchos otros en el planeta e independientemente de mañas y oficios que nuestras elecciones contienen, sabe de alguna forma lo que significa un proceso electoral, aunque no precisamente lo que es la democracia o las formas en que, dentro de ella, debe intervenir.
Democracia no significa precisa y exclusivamente asistir a un proceso electoral, el concepto contiene connotaciones aún más profundas, más de lo que podamos imaginar. Implica la renovación de una serie de conceptos, entre ellos el de ciudadano y de ahí deben partir otros tantos. Hoy, vivimos en un proceso de ciudadanización que ubican al individuo –entiéndase al ciudadano-, en el centro medular de las decisiones públicas, todas sin excepción, y no precisamente, y de manera exclusiva, el depósito del voto en la urna.
Hay quienes ven en el seno de la democracia -y sobre ella conciben sus procedimientos, acciones y fines-, al pueblo como mera masa y a la Nación como un patrimonio del totalitarismo de Estado, a la persona humana como simple unidad biológica capaz de regeneración y, al bien común, como propiedad exclusiva privada, no precisamente de las llamadas “grandes mayorías”, sino de las burguesías “revolucionarias”, vulgares y ostentosas quienes cuando se insertan en los procesos electorales con la representación de un candidato son, verdaderamente, insoportables; no han logrado entender –o más bien no quieren que el pueblo lo entienda-, el sentido del término “mayorías absolutas” que no precisamente están representadas en un 50 por ciento más uno aún cuando se hable de “representaciones proporcionales”, posiciones que, como sabemos, no van a cubrir los vacíos de representatividad sino, más bien, representan dádivas a grupos diversos.
Muchas cosas en México tendrán que ser redefinidas a partir de las últimas experiencias en materia electoral que bien han dado mucho, o más bien todo, que desear, entre ellas el concepto de mayorías “relativas” o “absolutas”.
Quienes se han dedicado a estudiar la participación ciudadana y las elecciones en países con tradiciones políticas y estadísticas electorales más confiables, han intentado clasificar las causas del abstencionismo según tres tipos de factores determinantes: individuales, sociales y políticos.
Las circunstancias individuales comprenden los impedimentos materiales por los que un elector no puede -aun queriéndolo- participar en las elecciones. Este, que se ha llamado abstencionismo forzado, se distingue del abstencionismo voluntario o evitable, el cual depende más de condiciones sociales y políticas.
Las condiciones sociales se reducen a un factor general: la integración a la sociedad global, o dicho en términos subdesarrollados y menos voluntarios, este abstencionismo es determinado por el grado de marginación social que en nuestro país va cada día en aumento.
Entre los factores políticos, que en mayor o menor medida influyen en los ciudadanos y los conducen a abstenerse de participar en los procesos electorales, se encuentran la falta de interés político, o el escepticismo respecto de los procesos electorales en general; la hostilidad al sistema representativo o hacia el régimen político del momento; las condiciones particulares de cada elección; lo que está en juego de la vida pública del país y la correlación de fuerzas en cada entidad, circunscripción o distrito electoral.
Lo curioso del caso es que el fenómeno abstencionista se presenta en la generalidad del país aunque en algunas entidades federativas en mayor proporción y, francamente, viene presentándose desde años atrás y no precisamente en el presente régimen, aunque sí es necesario destacar que en últimas fechas, y sobre todo cuando se trata de elecciones extraordinarias, el abstencionismo es más alto. Aquí hay un factor que no es posible pasar por alto: el pueblo de México está harto de esto que ha sido más de lo mismo, y la gente no vota, al menos no como muchos esperaban, en razón de que tanto las instituciones encargadas de organizar las elecciones, como los mismos partidos, y desde luego los candidatos, poco dicen ya al pueblo de México.
Es verdaderamente lamentable que los partidos no perciban el malestar popular. Es necesario ir en rescate de la credibilidad ciudadana, ir en conquista de la incredulidad y que los partidos se hagan merecedores de la confianza de los indecisos que son la gran mayoría de los ciudadanos mexicanos; mucho se ganaría si ellos –los partidos insisto-, coadyuven de manera permanente en la educación cívica del ciudadano, los procesos político-electorales y sus campañas constituyen un importante entorno para ello; desafortunadamente poco se hace en el sentido de convertirlos en verdaderas cruzadas por la civilidad, son más bien calderos de la prestidigitación, del juego sucio y distan mucho de ser realmente limpios lo que en nuestros tiempos ya es insoportable.
Desafortunadamente para muchos partidos, y para muchos líderes también, las intenciones son totalmente otras y van encaminadas a fines que nada tienen que ver con los legítimos intereses ciudadanos; durante muchas décadas la sociedad mexicana se ha visto inmersa en un conjunto de circunstancias que han sacudido las conciencias de múltiples sectores de la población, bajo esta nota, líderes y partidos se han visto sumidos en una crisis de credibilidad gracias a las limitaciones que, como figuras públicas, les son características y que, desafortunadamente para ellos, están ya a la luz pública.
Contrario a lo que se pudiera pensar, las organizaciones políticas también son susceptibles de corrupción, ésta les hace perder el rumbo en la propuesta y en el acercamiento a la sociedad; es un hecho comprobable que la corrupción en el interior de los partidos, y me refiero a todos sin excepción, aumentó a medida que ha crecido el presupuesto que reciben; en realidad esto les ha afectado en grado sumo pues tener ingreso directo a millonadas de dinero fresco, lejos de impulsarlos a servir mejor a la ciudadanía, sólo ha logrado que los partidos se dediquen por entero a defender sus privilegios o, en todo caso, sus prejuicios. Al aprobar las asignaciones presupuestarias de los partidos, todo mundo levanta la mano para defender posturas, para exigir recursos, para asegurar dádivas graciosas, pero al aprobar todo aquello que realmente beneficia a la sociedad ¿los partidos en el Congreso, realmente levantan el dedo para defender los intereses de los ciudadanos?, las discusiones llegan al desquiciamiento y las sesiones del Congreso se convierten en verdaderos aquelarres donde nuestros “legisladores” se dicen un poco de todo, claro en aras de la “apertura democrática”.
Yo creo, vehementemente por cierto, que no necesitamos más partidos puesto que ellos son una lamentable sangría presupuestaria para nuestro país. Dando un vistazo al panorama político de nuestro tiempo, la verdad es que el desánimo nos cunde, a mí personalmente me frustra, porque no hay ideas, no hay programas, no hay proyectos alternativos respecto a lo que México requiere, hay una gran fragmentación y esto puede llevarnos, como ha sucedido y sucederá mientras el INE no ponga frenos, a la formación de partidos rémora, partidos bisagra, que son pequeñitos y que deciden con dos o tres por ciento de la votación el destino y la composición de los gobiernos pero, por otro lado, conducen a un inmovilismo.
¿Qué podría hacerse en nuestro país para arreglar la situación tan crítica que viven los partidos políticos?
Independientemente de lo que pudieran pensar muchos el hecho plantea un problema grave; si los partidos no educan cívicamente, si no tienen conciencia clara de la problemática nacional, si no tienen el menor interés en ella, si arrastran al ciudadano a la apatía por lo político, ¿no sería bueno empezar por quitarles el presupuesto que tan generosamente les otorga el INE? En un país de 53 millones de pobres, reconocidos oficialmente, aunque el Colegio de México ha dicho que son 65 millones, es verdaderamente tortuoso pensar en lo que los partidos, todos sin excepción insisto, se llevan a sus haberes y más tortuoso aún resulta imaginar lo que tantos mexicanos que no comen, que no se educan, que se debaten en la insalubridad y en la infrahumanidad, podrían obtener con esas asignaciones que resultan verdaderamente insultantes para un pueblo que reclama ya un devenir más claro, más justo y no precisamente reclama ir a las urnas porque al fin de cuentas su voto no se respeta.♦
