[225] EL DIFICIL CAMINO DE LOS CONSENSOS
Felipe Díaz Garibay
Columna "Una voz en el silencio", semanario "Noticias Cuarto Poder" de Sahuayo, Michoacán, México, domingo 18 de octubre de 2015.
En la tranquilidad de la distancia, del recogimiento, de la ausencia de muchas pero muchas cosas, de pronto parece que la vida puede verse mejor. Y hace unos minutos recibí el recordatorio de mi buen amigo Claudio que me recordaba, y con justa razón, había omitido enviarle mi colaboración de este fin de semana y, sin pensarlo, enciendo mi computadora portátil, me preparo un café, un buen trozo de pan con poco dulce, me siento en la terraza de este confortable hotel de las playas de Vallarta, apenas si dispongo me sea preparada la ropa para salir a mediodía a cumplir con compromisos agendados hace días, pero quise cumplirle al amigo y sobre todo al público que, espero, se tome la molestia de leerme en cada una de las ediciones de este semanario.
Y en lo que quito, pongo y acomodo, estaba pensando de qué hablar hoy y sin dudarlo elegí el tema de los consensos, en política obvio es. Y la motivación no fue gratuita, en realidad estoy convencido que este punto –el de los consensos aclaro- es tan importante dentro de los avatares políticos que bien determina los antes, los durantes y los después de la fenomenología política; siempre ha sido así y no estoy descubriendo ningún hilo negro y lo que acontece en el mundo, en nuestro país, en nuestro estado y en nuestra apreciada región Ciénega de Chapala no son la excepción.
Parto entonces de la consideración de que sin consenso no es posible ser consecuente con las grandes realizaciones, ni lo que ahora les ha dado por llamar “proyectos de gran calado”, sin duda alguna que las pretensiones de cualquiera se verán siempre amenazadas si no se parte de una base de consenso lo suficientemente sólida; de ello dependen entonces los éxitos y los fracasos, y lamento decirles a muchos que si en esta parte no se pisa firme cualquier señuelo político pasará a convertirse en sólo un sentimiento frustrado.
Sé de historias.
Las he vivido.
El término “consenso” es un término que procede del latín consensus y que hace referencia al acuerdo que se alcanza por el consentimiento entre los miembros de un grupo o entre varios grupos. Por ejemplo: “No hubo consenso y la decisión fue aplazada hasta la próxima semana”, “El gobierno busca un consenso con la oposición para establecer nuevas políticas económicas”, “Existe un amplio consenso entre los dirigentes del club para renovar el contrato del técnico”, o la más conocida por nosotros “Por falta de consenso se revoca la candidatura de fulanito de tal a tal cargo…”
No hay vuelta de hoja, el consenso en nuestros días, simple y sencillamente, es fundamental para el logro de casi todo lo político que finalmente es el tema que ahora me ocupa.
Una decisión por consenso, por lo tanto, viene a ser aquélla que se toma gracias al acuerdo de una mayoría pero, a su vez, tratando de minimizar el nivel de conflicto con las minorías que han disentido o que no han estado de acuerdo. Esto quiere decir que una decisión tomada por la mayoría no siempre implica un consenso ya que puede avasallar la opinión de la minoría y dependiendo de los resultados de la acción propuesta y consensada se podrán evitar los disensos y que de esas minorías que al principio no estuvieron de acuerdo, que no entraron en el consenso, que decidieron disentir, surja el conflicto que finalmente eche por tierra todo aquello que se logró arreglar por la vía de un avasallador acuerdo.
Nada está dicho entonces en materia de consensos.
El consenso no requiere el consentimiento activo de todos los involucrados pues alcanza con que, quienes se oponen a la decisión, atenúen su rechazo y toleren la disidencia. Pero es sin duda gracias al consenso que una sociedad puede alcanzar la paz social y la convivencia armónica, de eso no me queda ni la menor de las dudas.
Los consensos deben tener siempre objetivos claros y establecer acuerdos en pro del entorno al que estén refiriendo, lo mismo sea en el terreno político, social o científico.
Sin duda que el debate planteado dentro del campo de estudio de la ciencia política sobre el sentido del consenso es largo y complejo. En algunos casos se ha llegado a afirmar que el consenso es imposible si no hay una superación total de las diferencias; pero las diferencias son necesarias para enriquecer los consensos, darles forma y nutrir lo que en esencia proponen o el tema que les ha dado razón de ser.
Intentar equiparar al consenso con la supresión de las diferencias, incluso de la diversidad de opiniones, es partir de una premisa equivocada. Podríamos pensar que el único consenso viable sería el que estuviera basado en la presencia de un punto de vista único y homogéneo, pero es necesario no confundirlo jamás con el autoritarismo, esquema que en una democracia no tendría cabida pues al final de cuentas una democracia representativa no es un sistema diseñado para alcanzar la sociedad perfecta ni para suprimir las diferencias de opinión, todo lo contrario. El pluralismo es su razón de ser.
En nuestros días no puede darse, en definitiva, una democracia para intentar que superemos el pluralismo, más bien éste debe ser tratado como una garantía de nuestra libertad, es decir, como un bien especialmente protegido. Y ese pluralismo implica no solo las diferencias de ideas políticas sino también las que se manifiestan en terrenos tan complejos como el religioso o el de los valores.
Si se quieren entonces sociedades más maduras y más participativas se debe considerar al consenso como parte primordial de los procesos políticos, o de todos aquéllos que incumben a las grandes colectividades.
No es posible entender entonces la madurez social o la multicitada “construcción de ciudadanía” si no se parte del convencimiento que sólo se forja cuando están de por medio caminos sólidos de consenso.
Si los dirigentes, entiéndase bien, no buscan generar consenso, los estallidos de violencia serán siempre más probables puesto que los grupos que no comparten las decisiones de las mayorías o de las autoridades sentirán siempre que sus derechos no son reconocidos y tendrán una mayor tendencia al inevitable conflicto que encontrará su agar ideal en el disenso que no es otra cosa que el efecto de no ajustarse al parecer de los demás; el disenso no presupone siempre un enfrentamiento pero si el punto de partida para que muchos no compartan los puntos de vista o los acuerdos producto de la decisión de determinados grupos.
El ir y venir de la política entonces, en cualquier escenario que podamos imaginar, en tiempos donde se tienen sociedades son cada vez más exigentes y más informadas, más definidas en su conciencia de clase de sí y para sí, en nuestros tiempos habrá de enfrentar mayores dificultades no sólo en la confección de soluciones sino incluso en el tan necesario planteamiento de los grandes problemas que aquejan a las colectividades pues desde ahí inician las grandes diferencias debido a las diversas formas de ver y entender el propio desenvolvimiento de la vida en sociedad de nuestros tiempos.
Difícil la tendrán entonces quienes están o quienes apenas quieren entrar a las filas del complicado mundo de la política.
Hasta la próxima semana.♦
