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[187] SANTIAGO APOSTOL Y SAHUAYO, UNA BELLA HISTORIA PARA CONTAR

 

Felipe Díaz Garibay

 

Semanario "Tribuna" de Sahuayo, Michoacán, México, domingo 1 de agosto de 2010.

 

 

 

Ya en otras ocasiones, en publicaciones en este Semanario, he tenido la oportunidad de referirme al fervor con el que Sahuayo vivía las festividades de su Santo Patrón. En varios años he sido testigo de varias acontecimientos festivos en esta ciudad y he de reconocer que lo vivido por el pasado domingo 25 de julio dejan claras mis apreciaciones personales.

 

Y es así que en las ya casi cinco décadas de mi existencia mucho he podido ver en materia de expresión de la fe; procesiones, misas solemnes, talleres bíblicos y de oración; he sido partícipe de múltiples eventos, festejos, conmemoraciones y vivencias. En mi ir y venir por el mundo bien he aprendido a sustentar una sólida relación con Dios y poder delimitar de manera clara la división entre lo humano y lo divino y reconocer los principios y límites de cada entorno. la Primera Carta de los Corintios en su Capítulo 13, versículos 1 al 13, me han enseñado las condiciones del amor y lo que éste debe representar en la vida del hombre.

 

Siempre he manifestado, en extenso, mi respeto irrestricto a las diversas convicciones religiosas: Mormones, Judíos, Musulmanes, Budistas, Adventistas, Sabatistas, Testigos de Jehová, Cristianos –sólo por mencionar algunos-, han merecido mi respeto y consideración; con todos he compartido no solo momentos o el mismo pan sino incluso, con muchos, el clamor del desaliento y la desesperanza.

 

Por regla irrestricta he podido observar, entonces, que la fe ha sido, en la gran mayoría de experiencias, el factor que más ha acrecentado las debilidades humanas, y su falta de visión del mundo en el que viven.  

 

La Fe es un extraño misterio. Entre otras virtudes Jesús pedía a sus discípulos fe. Era mucho lo que esperaba de ellos; era considerable el cambio que debían dar al mundo de la época; tanto esperaba de ellos y tan grande era el cambio anunciado que a cualquiera le parecía imposible. Pero Jesús es el Hijo de Dios y viene a establecer un modo divino de proceder en el mundo, totalmente nuevo, insólito hasta entonces; lo que sería desproporcionado para la capacidad humana resulta normal para Dios. Es una afirmación constante del Evangelio: Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Así responde, por ejemplo, Jesús cuando sus discípulos ven todo dificultades en la conversión de la gente. Les argumenta el Maestro con ejemplos, animándoles a tener fe: “Porque os digo que si tuvierais fe como un granito de mostaza, podríais decir a este monte: Trasládate de aquí allá, y se trasladaría, y nada os sería imposible”.

 

La Redención del hombre es obra de Dios y, como tal, lleva su firma: la impronta de lo imposible para el hombre. Ya el arcángel Gabriel se lo recordó a María, que no podía comprender su concepción virginal. Le habló del prodigio que poco antes había obrado Dios con su prima Isabel: “En su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que era llamada estéril, hoy cuenta ya el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible. Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Esta es la actitud de María que acoge en sí el poder de Dios, sintiéndose inmersa en un plan que le trasciende por ser divino, pero que, precisamente por ser de Dios, acoge.

 

La fe es, entonces y sobre todas las cosas, un gran misterio, de alcances impredecibles; creer en la magnificencia de la obra del Creador significa, pues, primordialmente, afirmar que ella es más que lo que nos arroja el balance de resultados de un análisis realizado con datos y elementos extraídos de la experiencia, de la sociología o de la historia. Existe en ella una dimensión que se escapa a dichos análisis y que sólo es registrada por la mirada de la fe. Y es que la fe lleva y trae al hombre hasta lo inimaginable, tenerla es aceptarla como necesaria.

 

La fe cristiana es propiamente «fe», porque cree en verdades que no vemos por nosotros mismos, pero las han visto otros. La fe cristiana versa sobre realidades sobrenaturales, que no contradicen a la razón humana, sino que la superan; y ofrece respuestas inteligibles, con sentido, a las preguntas que el hombre se formula necesariamente sobre su origen y sobre su destino. Ciertamente, creer en la vida eterna tal como se entiende en la Sagrada Escritura, en la Tradición apostólica y en el Magisterio de la Iglesia, es ir más allá del alcance de la razón, pero es la misma razón la que va más allá, potenciada y guiada por el don divino de la fe.

 

En materia de expresiones de la Fe, he podido ver las extraordinarias manifestaciones de muchos pueblos; del Vía Crucis de mi pueblo natal, hasta las romerías marianas españolas de las cuáles la de Rocío –por quien guardo una gran devoción heredada de mi madre- es la que más he vivido, pasando de Astorga a Santiago de Compostela, y por la de nuestra Virgen Guadalupana, mucho he visto, mucho he sentido.

 

Y sucedió así el pasado domingo 25 de julio de este año, día en que estuve, claro, en Sahuayo, en varias de sus calles. Empecé en la Bravo, después en la Galeana, Victoria y concluí en la Plaza Principal y tuve, como en otras ocasiones, la oportunidad de vivir una experiencia especial, marcada por la entrega de un pueblo a su Santo Patrón como pocos lo hacen realmente en el mundo. Pude constatar que Santiago, es alguien que llena los corazones de su pueblo, y los llena porque él encierra un gran misterio de fe. Y llena el mío pues en realidad es mi mejor aliado.

 

Lo que vieron mis ojos y experimentó mi mundo interno, difícilmente podría describirlo en tan breves líneas. Pero si puedo hablar, por encima de cualquier otra cosa, de la entrega pero más del orgullo con el portan los sahuayenses el tradicional traje que enaltece la tradición Tlahualil, única en el mundo también.

 

Lo esperé a su paso, y sabiendo que habían adelantado los horarios, me trasladé de inmediato a buscarlo y justo en la calle Galeana pudimos encontrarnos, sentí nuevamente el gran magnetismo que emite, vestido de blanco, montado en su corcel de igual color, con su espada en señal de lucha, de guerra, de ésa que hacemos los humanos día con día para combatir en los embates de la vida; sentí el mensaje, el llamado a la victoria, a enfrentar con entereza las vicisitudes de nuestra mortal existencia, a no tener miedo, a seguir su huella.

 

Y ahí permanecí en la convergencia de Guerrero y Galeana y lo ví alejarse poco a poco, quedaban al viento los vivas de su pueblo, los aplausos, los gritos de júbilo y  las lágrimas de quienes de cerca le seguían; fue perdiéndose entre la gente que le acompañaba, como pocas veces sentí la nostalgia de unos minutos antes, ésa que experimentamos después de haber vivido una experiencia extraordinaria; me dije a mi mismo: mírenlo, moviendo a miles de personas, y fundamentalmente jóvenes de este pueblo, sin misiles, sin kamikazes, sin FMI, sin demagogia, sin partidos políticos, sin trampas, sin falsedades, sin egoísmos, sin campañas montadas, sin exaltaciones huecas, sin nada, sólo su espada, su caballo y su gran misterio enclavado allá, al  norte de España, en el Monte del Gozo, Montjoy, Montxoi o Colina de San Marco –porque todos esos nombres tiene-, ahí donde se avista Santiago y los peregrios entonan con fervor el famoso y antiguo "Canto del Ultreya": "¡Herru Sanctiagu!, ¡Got Sanctiagu!, ¡E ultreja! ¡E sus-eja!, ¡Deus, adiuvanos!”

 

Ahora confirmo muchas cosas, como el hecho de creer o no en los santos, que es algo que sólo los católicos podemos decidir. Entiendo, perfectamente que “El respeto al derecho ajeno es la paz”, pero también estoy cierto de que el creer en Dios, no importa la religión, es…  la vida eterna.

 

Quizás no tenga la maestría de otras mentes para hablar del tema que aquí he tocado, pero quise hacerlo para decirles a los sahuayenses una sola cosa: ahora entiendo porqué Sahuayo es un pueblo tan productivo, porqué Sahuayo irradia prosperidad, porqué en Sahuayo no hay hambre –o al menos no en la proporción de otros pueblos aledaños-, porqué en Sahuayo la gente produce aquí y allá, en la confección de sombreros y huaraches, en la producción de pan, vendiendo en el mercado o en una tablita, porqué en Sahuayo –como dijera mi abuela- todo huele a comida, a fruta, a vida. Y entendí algo más… el porqué Sahuayo, por su fe, es un pueblo bendito de Dios.

 

La virtud teologal de la Fe, lo mueve todo y a pesar de los pesares, a pesar de que los tiempos que vivimos la quebranten, está ahí, allá, aquí mismo y sin embargo… ¡se mueve! y es capaz de moverlo todo como lo he podido constatar una vez más aquí en Sahuayo.