[165] LA FUERZA DE LA SOCIEDAD CIVIL
Parte II y última
Felipe Díaz Garibay
Semanario "Tribuna" de Sahuayo, Michoacán, México, domingo 18 de abril de 2010.
En la primera parte de este tema, publicada la semana pasada, concluía que la sociedad civil obtiene su legitimidad del fomento en el interés público y, desde luego, por la preocupación por múltiples temas de verdadero alcance social.
En los últimos tiempos, y está plenamente reconocido, se está presentando en el mundo una verdadera revolución global de las organizaciones de la sociedad civil, solamente en el Estado de Michoacán, de acuerdo a informes oficiales, se tienen registradas ya poco mas de seiscientas organizaciones número que bien delata que el interés de la sociedad, de la gente misma, por resolver sus propios problemas va en aumento, y ello se debe justamente al desinterés de los gobierno, de cualquier nivel aclaro, por compenetrarse en la problemática social y en darle soluciones.
Un nacimiento masivo de actividades voluntarias, privadas y organizadas de la sociedad civil o sin fines de lucro, se está comprometiendo a aliviar las necesidades más urgentes, para mejorar la educación y la salud, proveer servicios, y encausar una multitud de expresiones culturales, artísticas, religiosas y éticas. Hay organizaciones de todo tipo, de todo color y con fines distintos también, es una experiencia altamente enriquecedora.
Hasta hace poco, esta revolución en el mundo de la organización social a nivel global era invisible tanto para los políticos, los medios de comunicación, la comunidad académica, y el público en general, así como, para “ellos mismos”, me refiero a quienes conformaban el sector de los activistas de la sociedad civil o sin fines de lucro.
Indudablemente que unas de las mayores motivaciones de la sociedad civil para organizarse es la superación de la pobreza. Y en este tema el papel que puede jugar la propia sociedad organizada esta realmente lleno de potencialidades; dirán algunos que el ver como objetivo central de las organizaciones la superación de la pobreza es algo limitado pero, realidad, tiene una amplitud de temas y aristas y en este objetivo se concentran un sinfín de temas que bien afectan la vida de las sociedades.
Indudablemente en materia de superación de la pobreza muchos gobiernos del mundo han cometido errores imperdonables, hay quienes han sostenido que la mejor política era el crecimiento de la economía, que por la vía de la abundancia terminaría por llegar a los sectores más pobres en virtud de lo cual era posible incluso la reducción del gasto social, extraña fórmula que en lo personal no le veo por donde fuera posible pero incluso llego a ser considera como una política pública y, lo peor de todo, hasta política de Estado; los resultados nunca llegaron. No podían llegar.
Fue a partir de la década de los noventa en que muchos gobiernos, que no todos y lamentablemente no es el caso de México para que nadie se emocione, inician un proceso de reorientación estratégica de las políticas sociales. En este sentido se planteó un nuevo enfoque, en la búsqueda de una nueva relación entre el Mercado, el Estado y la Sociedad Civil tras el objetivo de la superación de la pobreza, proceso todavía en curso, que todavía no encuentra los cauces adecuados y continúa en la búsqueda de las mejores definiciones.
Y es precisamente a partir de esta nueva relación y de este nuevo enfoque en el modo de ver las cosas, que se empieza a plantear la necesidad de una articulación entre el Estado y las organizaciones privadas en un sentido amplio; es decir, se trata de una colaboración que se extiende hacia las organizaciones no gubernamentales, las organizaciones sociales, las fundaciones, las universidades, las consultoras, las organizaciones gremiales y sindicales, las organizaciones comunitarias y la empresa privada. Fue este nuevo énfasis en la política social para la superación de la pobreza lo que hace posible el traspaso de la responsabilidad por la ejecución de programas sociales hacia el sector privado y las organizaciones de la sociedad civil.
Continuar avanzando en la reducción de la pobreza no es sólo responsabilidad del Estado queda perfectamente claro, como parece demostrarlo la experiencia nacional e internacional; resulta clave estrechar los vínculos de colaboración entre el Estado, la sociedad civil y la ciudadanía. La superación de la pobreza en nuestro país implica disminuir las brechas de desigualdad existentes al interior de nuestra sociedad y esa es una misión que nos involucra a todos como país, con seriedad y sin visos mesiánicos o electorales. Como nos recordó Juan Pablo II en su exhortación apostólica Ecclesia In América: “la atención a los más necesitados surge de la opción de amar de manera preferencial a los pobres. Se trata de un Amor que no es exclusivo y no puede ser pues interpretado como signo de particularismo o de sectarismo”.
Sin la sociedad civil, sin una consistente y desarrollada sociedad civil, los ciudadanos están desamparados.
Necesitamos fortalecerla, para que sea capaz de hacer frente y con todo: al propio gobierno, cuando es arrogante y orgulloso; a los dogmas del mercado, cuando presumen que los grupos e individuos privados pueden asegurar el bienestar público; y en general a todos los intentos por menoscabar la libertad, la igualdad y el ejercicio de la solidaridad. Esos son nuestros logros y nuestros desafíos.
Los pobres de México y América entera merecen alcanzar la dignidad, merecen soñar y aspirar a una vida mejor. Avanzar en ese camino será tarea del Estado, pero también de la ciudadanía y la sociedad civil. Sólo así lograremos una sociedad más equitativa e igualitaria para el mundo que queremos en estos tiempos.
La unión de la sociedad civil y la presión que ésta ejerza ante las autoridades de cualquier país son determinantes para vislumbrar un futuro más claro para todos.♦
