[155] A PROPOSITO DEL ENCUENTRO DE DOS MUNDOS
Parte II
Felipe Díaz Garibay
Semanario "Tribuna" de Sahuayo, Michoacán, México, domingo 8 de noviembre de 2009.
Varios tiempos podemos distinguir en el devenir del mundo indígena de México, y en el advenimiento de políticas públicas encaminadas al trabajo en beneficio suyo; todos de gran importancia y determinación en la definición de la actualidad.
La llamada “conquista”, que bajo los artífices de la violencia sometió los pueblos indígenas. Esta época está marcada por la negación del indio. El indio debe negarse a sí mismo y “expiar su falta” mientras el europeo le revela su ser. La conquista embate a tres frentes: territorial, corporal y espiritual. El mundo indígena se encontró sometido a una explotación sistemática. El despojo de sus tierras y la voluntad de mantenerse libres arrojó a muchos grupos hacia regiones inhóspitas distintas de su medio original.
La Colonia, que siempre segregó y excluyó a los indígenas, permitiendo prácticas económicas y sociales que llevaron inevitablemente al despojo de sus propiedades y de su libertad individual frente al trabajo. El establecimiento de la diferenciación entre los pueblos sometidos y la sociedad dominante implicaba el contraste racial ya que el orden colonial se basaba en la creencia de la superioridad de la sociedad dominante teniendo como pauta la superioridad de la raza.
La Independencia, en cuyo lapso y hasta finales del Siglo XVIII, todavía se percibe un afán de orgullo y superioridad de la hispanidad a la inferioridad indígena aunque cabe destacar que humanistas nacidos en México poco a poco tienen influencia en la educación del país y se empieza a hablar de la sabiduría de los antiguos pueblos de México y tenemos, así, que los indígenas, que durante la conquista y la colonia no participaron en movimientos políticos de amplia dimensión territorial, durante la revolución de independencia participan en grupos numerosos y los líderes de este movimiento enarbolan la cuestión indígena en sus pronunciamientos aunque es preciso dejar claro que muchos intelectuales del México recién independizado en sus propuestas de proyecto nacional no aceptaron a los pueblos indígenas como pueblos con tradiciones distintas a las de los criollos y mestizos y tampoco aceptaron esas tradiciones como parte de la cultura y el patrimonio nacionales. Lamentable fue que el gobierno del México independiente determinara que las culturas indígenas eran inferiores, declarando enemigos de la civilización a los pueblos indios que se resistieron a esta imposición y justificó por ello promover guerras exterminadoras contra estos pueblos.
En los primeros años del México independiente no puede hablarse todavía de una política indigenista y aún cuando la Reforma exaltara la glorificación del pasado indígena como antecesor de la Nación incorporando la utilización de símbolos y monumentos sobre el pasado indígena, las cosas no mejoraron del todo lo que trae como consecuencia que prácticamente durante todo el Siglo XIX se dé una relación violenta entre los pueblos indígenas y el Estado debido, en gran parte, a la divergencia entre el concepto de Estado-Nación de los gobiernos mexicanos y la identidad cultural diferente de los pueblos indígenas.
La penuria continúa durante el Porfiriato y, por razones obvias, durante el movimiento revolucionario iniciado en 1910.
El régimen revolucionario, que se establece en México a raíz del movimiento Constituyente de 1917, se embarca en un “ambicioso programa para “nacionalizar y reorganizar” al pueblo mexicano; pero los pueblos indígenas no fueron invitados a la refundación del Estado mexicano y permanecieron arrinconados en las denominadas “regiones de refugio”.
Así se impulsa una política de Estado encaminada a la asimilación de las culturas indígenas a la cultura dominante. Se crearon diversas instituciones que se dedicarían a “atender” a los pueblos indígenas con una serie de políticas asistencialistas y proteccionistas dignas de aplicarse a menores de edad o a los no menos fantasiosos renglones escritos en “Alicia en el País de las Maravillas”. Esta serie de políticas fueron diseñadas sin consultar ni tomar en cuenta a los pueblos indígenas; tampoco se hizo para la implementación local de las políticas; hasta aquí las políticas del indigenismo no parten del texto constitucional y tienen solamente una organización de gran relevancia a nivel político administrativo.
Así, se fueron creando diversas instituciones para la implementación del indigenismo: en 1921 se creó el Departamento de Educación y Cultura; en 1923 se establecieron las Casas del Pueblo para mejorar la situación de las poblaciones indígenas. En 1932, durante el régimen de Plutarco Elías Calles, se creó el Internado Nacional de Indios; también en 1932 se creó una Estación de Incorporación Indígena en Carapan con la que se buscaba la integración los Purhépechas de esa región a la vida nacional. En 1937 se crea el Departamento de Educación Indígena dependiente de la Secretaría de Educación Pública mismos que en 1938 se convierten en los Centros de Capacitación Económica y pasan a formar parte del Departamento de Asuntos Indígenas creado también en 1938.
En 1940 surge el principio de política activa llamado de la “unidad nacional”, el mismo al que Ruiz Cortines y López Portillo llamarían “solidaridad” y López Mateos y Díaz Ordaz “concordia”, sin embargo, de los indígenas se seguía considerando que se encontraban en un “atraso secular” del cual se les debía de sacar, pero solamente.
El Departamento de Asuntos Indígenas se transforma en 1944 en la Dirección General de Asuntos Indígenas de la Secretaría de Educación Pública y en 1948 se convirtió en el Instituto Nacional Indigenista que, aunque contaba con personalidad jurídica propia, se circunscribió a coordinar las acciones del gobierno en zonas indígenas, pero en realidad acabó desarrollando sus propios programas y proyectos. Como institución que diseñaba e instrumentaba la política gubernamental en materia indígena, se encargó del estudio, investigación, asesoría, difusión y capacitación para promover las medidas para el mejoramiento de los pueblos y comunidades indígenas, así como la coordinación con programas de otras dependencias oficiales en regiones indígenas. El Instituto Nacional Indigenista pone en marcha un plan que consistió en instrumentar un proceso de aculturación que propugnaba por la conformación de una nueva cultura, la cultura mestiza aclaro, que resultaría del contacto de las culturas indígenas y europeas. Las políticas indigenistas implementadas por este Instituto trataban de lograr la integración del indio mediante procesos de cambio inducidos, planificados y controlados desde la política oficial.
Y fue, indudablemente, este el aspecto que fraguó su fracaso, pues en tiempos en los que el diseño de las tareas gubernamentales deben pasar ya, evidentemente, por el diseño de políticas públicas consensadas con la sociedad, bajo el esquema de una democracia verdaderamente participativa, cualquier régimen impositivo, además de ser ineficiente e ineficaz, está condenado al fracaso total. (Continuará).♦
